jueves, 10 de febrero de 2011

ESTABAN PINTANDO EL CIELO


La nona se mantiene quietecita, la respiración acompasada termina en un silbido tenue. Desde ayer, los hijos, nueras, nietos y nietas entran y salen de la habitación con el ceño adusto. Cada vez, enfrentan el sol resplandeciente o el cielo despejado cubierto de estrellas. Tal parece que el clima allí no tiene medias tintas.

Nadie se atreve a abrir las ventanas del dormitorio, los visillos de encaje amarillento están allí como mudos testigos de toda una vida. En las paredes cuelgan fotografías diversas: parejas, niños, damas de antaño, señores de bigote y chaleco.

Celeste acerca los ojos entrecerrados hacia los marcos de diverso tamaño, trata de distinguir las figuras, pero apenas si alcanza a ver el rostro de la nona María en una de ellas. Antes, cuando era niña, solía sentarse en las faldas de su abuela y escuchaba con atención las historias de cada personaje. Trata de recordarlas, pero la angustia que la embarga no se lo permite. Traga saliva. No quiere llorar porque sabe que si lo hace no podrá detenerse. El sabor salado que tiene en la boca es un anticipo del llanto que sabe brotará incontenible en algún momento, pero por ahora prefiere estrujar su garganta hasta casi quedarse sin respiración.

La imagen de esa mujer menuda, ágil como una gacela, de mirada penetrante, cabello fino siempre anudado en un moño sobre la nuca, de manos suaves pero firmes, voz pausada cuyo acento fue adaptándose al modo de hablar de los habitantes de la villa, se repite en la memoria de la nieta.

Don José, su padre, la llamó apenas unos minutos para decirle que el momento del desenlace estaba cerca, que nadie debía apartarse de la casa.

Desde la huerta viene, como un halo misterioso que se filtra por las rendijas de la puerta, el sabor a melocotón maduro, casi puede palpar el terciopelo finísimo de la cáscara, aspira profundamente hasta que la fragancia la posee a plenitud. No falta mucho para que el sol se oculte, entonces será el jazmín el que derrame su perfume en toda la estancia.

Los parientes recién llegados ocuparon las habitaciones de la casa, incluyendo la sala, en la que por primera vez les estuvo permitido dormir en los canapés. El médico les había dicho que la anciana estaba agonizando.

Amanecía, cuando Celeste, que se había quedado velando a su abuela, llamó a todos para comunicarles que no sentía el pulso de la nona. La familia acudió en pleno rodeando la cama de la anciana, unos oraban en silencio otros mudos, dejaban correr el llanto por su rostro, apretando las manos o abrazados.

De pronto la anciana abrió los ojos asombrada de ver a tantas personas a su alrededor, llorando y rezando.

- Qué pasa –dijo con esa voz tan suya suave y enérgica a la vez- ¿porqué están todos aquí?

- Abuelita….

- ¿Saben lo que acaba de ocurrir? Soñé que estaba a las puertas del cielo pero no me dejaron entrar.

- ¿Cómo?

- Me dijeron que estaban pintando el cielo de verde y yo sin querer apoyé mi mano en la puerta y miren ¡me pinté los dedos!

Todos miraron la yema de los dedos de la nona. Estaban pintados de verde.

2 comentarios:

FERNANDO ESPÍRITU ALVAREZ dijo...

HOLA DORIS
LA FELICITO POR SU BLOGG.
UN ABRAZO
FERNANDO ESPIRITU

FERNANDO ESPÍRITU ALVAREZ dijo...

HOLA DORIS
FELICITACIONES POR SU BLOGG, CUANDO NOS DELEITA CON UNA PUBLICACION.
SALUDOS
FERNANDO ESPIRITU