viernes, 29 de enero de 2010

REQUIEM

mientras escarbo el mundo por hallarte
ha muerto un miliciano;
tu nacerás teñido en su silencio
y con tu voz escribirá su mano.

Juan Gonzalo Rose


Con un rictus de amargura en la boca de labios finos, Ernesto fuma cigarro tras cigarro. Expele lento, formando aros. El cenicero del auto está lleno de colillas, sus largos dedos amarillos de nicotina tamborilean de tanto en tanto, sólo mirándolos se percata uno del nerviosismo que le corre de pies a cabeza. Su rostro no denota emoción alguna, pareciera un muerto en vida, pero está a punto de estallar. La vena yugular se nota gruesa. Son casi las siete, Carlos no llega, ni Martha. El carro, estacionado a media cuadra del parque, estuvo con el motor encendido unos cinco minutos, como acordaron, sin que acudieran a la cita.

Carlos siempre ha sido puntual, por eso lo elegimos. Quedamos en reunirnos a las ocho en punto. Martha se toma su tiempo, pero nunca nos ha fallado. Siento la lengua amarga de tanto fumar, estoy perdiendo los papeles. Algo debe haber salido mal. Lo planeamos durante semanas, vigilamos los movimientos del personal, la hora en que los guachimanes se van para el fondo y la puerta queda libre de vigilancia. Estoy tentado de llamar a su casa pero la consigna es no llamar a nadie.

Sale del VW, da unos pasos, taciturno, se diría que no mira a nadie pero sus ojos buscan en la semipenumbra de la calle una silueta. No hay moros en la costa.

Sube al vehículo, enciende el motor. Sigiloso desemboca en la Calle Principal, se integra al tráfico y cobra vida. Enciende la radio, nada, nadie dice nada. Decide ir a buscar a Carlos a su casa y enrumba por la Avenida Aviación. El tránsito es insoportable pero no hay otra vía, llega al agrupamiento, apaga el motor del auto, vuelve a encenderlo, da una vuelta rodeando el edificio. Deja el carro en un parqueo. Huidizo, con pasos largos, avanza pegado a las paredes.

Martha, atentos los oídos, apoyada en el marco de la ventana espera. Carlos no ha llamado. "Un timbrazo y cuelgo, le dijo, luego sales tomas un taxi, te reúnes con Ernesto, les doy el alcance y los tres vamos hacia el Parque de Miraflores” -Debo estar pálida, me duele el estómago, tengo náuseas. Ojalá que no llegue mi mamá, comenzarán las preguntas y no creo tener las respuestas. Mejor me voy a casa de Carlos, allí estarán su madre y su hermano, no les llamará la atención si llego a esta hora, ya están acostumbrados. Si supieran. Hasta ahora nadie se ha dado cuenta, ni siquiera nuestros amigos, nunca vamos a las reuniones, solo nos dedicamos a estudiar. Tenemos las mejores notas. Ni caso nos hacen, no nos toman en cuenta para nada.

Ernesto toca el timbre, hay demasiado silencio en los alrededores. Eso le preocupa, le abren, el portero automático funciona a la perfección, lo que desvanece sus temores. Sube lento, vigilando de reojo que nadie lo vea. Toca a la puerta con los nudillos, le abren, asoma el rostro demudado de Martha, quien le indica con un ademán que pase rápido.
Le toma de la mano y lo conduce frente al televisor." ¡Está muerto!” exclama. Su voz es un grito casi inaudible, como si el último hálito de vida hubiera escapado en esas palabras, se deja caer en el sillón forrado en cretona floreada.

Ernesto arruga el entrecejo, achica los ojos, le arden, en el noticiero propalan la noticia: "Muere estudiante de sociología en ataque a la fábrica..." Ya no escucha más.
De pronto se ve parado frente a la ventana del departamento. Afuera la noche plagada de sombras borra los perfiles, no puede pensar, hace un esfuerzo pero no le viene a la mente ninguna idea, ninguna imagen. De pronto está inerte, no siente nada.
Martha, con los ojos vacíos sigue sentada, acurrucada sobre el sillón forrado en cretona floreada, se diría que hasta huelen las flores, su piel amarillenta casi se ve seca. Alicia, la madre, alta, delgada, con la mirada perdida parece no comprender. Su Carlos, uno de sus cinco hijos ha sido muerto por una ráfaga de metralleta. Ni una gota asoma a sus pupilas, una sensación desconocida inunda su cuerpo, la invaden los recuerdos, las voces, las risas quebradas, la caricia de unas manos que se alejan raudas, como el aleteo de las palomas. El frío recorre sus venas congelando el dolor en una pregunta: ¿Me dejarán enterrarlo? El hijo mayor, en una esquina de la habitación se mece incesante, con las manos juntas entre las rodillas, encorvada la espalda hacia adelante.
Apenas una luz en el centro de la habitación, como si de antemano la casa entera hubiera previsto esta ausencia.
" Ultimo minuto: Estudiante de Sociología muere en atentado a la Bayer...."


Alicia coloca una chompa sobre sus hombros, se alisa el cabello con los dedos. "Debemos salir temprano, cuanto antes mejor."
Martha piensa "La morgue no cierra nunca".