Tres días de silencio
La víspera.
Dos de Noviembre, Día de los Muertos. Grimaneza y sus alumnos instalaron sus mesas a la puerta del cementerio, alegres por haber sido los primeros en llegar. Los deudos no tardarán en llegar, cons sus botellas de anisado y de agua bendita. Algo venderemos, se dicen. Tenemos que reunir dinero para la celebración de la clausura del año escolar. Tempranito en sus casas las mamás prepararon las viandas, forraron las ollas con abundante periódico y las amarraron en las mantas para que no se enfríe la comida. Dieron las indicaciones a sus hijos. Felizmente la señorita Grima va a estar con ustedes. Con esa confianza los dejaron ir.
-¡Levanten su mesa y lárguense!
El timbre de voz de la joven es imperativo, cortante como el viento que silva entre las ramas de los eucaliptos y alisos.
Seis pares de ojos asombrados, temerosos, miran a la mujer que surge como si viniera del más allá. Enfundada en uniforme verde oliva, lleva botas, es alta, gruesa, de ojos claros y cabello castaño. Mirándoles fíjamente cierra sus labios con el índice derecho mientras con la mano izquierda sostiene el fusil. Los niños se acurrucan al lado de la maestra, ella abre los brazos tratando de cubrirlos.
La mujer sigue con tono amenazante
-Si no obedecen ya saben, dice señalando con un gesto el arma que porta.
Presurosos la maestra y los chicos emprenden la retirada en silencio absoluto. Sus pies parecen no pisar el suelo, corren cuesta abajo por el camino terroso de regreso a casa.
-Ya oyeron, no deben decir nada a sus padres, calladitos nomás, les advierte Grima.
Aquella noche, ella escondió a sus dos hijos hombres en el cuarto de herramientas, tras los sacos de papa, y a su hija en el ropero. Si vienen y oyen ruidos o gritos, calladitos nomás. No vayan a salir por nada, les dijo. Toda la noche estuvo al pendiente.
Tres de Noviembre.
La ejecución.
Joel, el policía, se reunió con Cachanga, Mañu, El Pato y El Chueco. Esta vez le tocaba cobrar el cupo a Joel. Les vino a pelo el dicho de que los terrucos rondaran cerca. Cuando secuestraron a Don Anchi, el se la creyó y obediente pagó nomás el rescate. Reconoció a su sobrino Mañu pero pensó que había sido reclutado por las huestes de sendero. Desde entonces cada quince días se la regían, ahora le tocaba al Tombo. Feliz hizo la recaudación de rigor, de tienda en tienda, de chacra en chacra de los principales. Silbando, con los bolsillos llenos, emprendió el camino a casa. Pensaba llegar a una cantidad tope y retirarse. Pediría su baja. Si era cierto lo de sendero, el no quería estar allí cuando llegaran.
Un golpe en la cabeza, hizo que trastabillara. Quiso correr, pero era tarde. Unos brazos fuertes lo sujetaron mientras otros le pusieron una venda sobre los ojos.
-¡Llévenlo a la plaza y saquen a todos de sus casas, para que vean lo que le pasa a este perro. Así aprenderán que con nosotros no se juega!
Lo llevan a rastras. Le duelen las rodillas que poco a poco van quedando con la piel abierta. Mientras avanzan le patean, escupen, vociferan:
-Asi aprenderás que no se toma nuestro nombre así nomás, como cualquier cosa, ya escuchaste a la camarada, con que tombito no?
Llegan a la plaza. Allí están todos. No se oye ni el respirar de los convocados. Las mujeres lloran en silencio, los niños en los brazos de sus padres o quipichados por sus madres, ocultan la cara apretándose conra las mantas. Los mayores se miran unos a otros.
-¡Levanten los ojos carajo!¡Les he dicho que miren! la mujer suelta las palabras como látigos que fustigan la tarde.
-¡Tráiganlo, coloquen sus manos sobre la pileta. Tu Sózimo ¡ahora! ordena.
Uno a uno, los dedos de Joel van cayendo sobre el piso del parque, el filo del machete se va cubriendo de rojo según avanzan los cortes. El hombre ha enmudecido. Las manos de los pobladores se aprietan en muda plegaria, otros las esconden temerosos, el dolor que recorre su alma apretuja sus sentimientos.
-¡Ahora la lengua para que nunca más mienta!
Joel se ahoga. Su lengua ha sido cercenada.
Las mujeres fruncen sus labios para no gritar, de pronto sus ojos se han secado, su mirada desolada se extravía sobre la cumbre de los cerros que circundan el pueblo, recorre el cielo que se ha puesto negro muy negro. Abrazan a sus hijos como quien se aferra a la vida.
Confundidos entre el tumulto Cachanga y El Chueco no se mueven, tal parece que el último aliento hubiera escapado de sus cuerpos. Tienen la garganta seca, la cabeza gacha. Cubiertos por el poncho, protegidos del frío por los gorros de lana, su figura está confundida entre el gentío que se apretuja como queriendo tomar fuerza, pero solo son un grupo de hombres y mujeres llenos de temor.
-¡A colgarlo!. Llévenlo a la entrada del pueblo, cerca del grifo hay dos pinos y no se olviden del letrero! Ordena la mujer. Sus ojos claros refulgen mientras da las órdenes, en sus labios un rictus de desprecio infinito. Nadie se mueve, estáticos observan cómo el cuerpo exánime es llevado tal como lo trajeron, a rastras. Una huella sanguinolienta se va marcando en el centro de la calle principal.
Cuatro de Noviembre.
El desamparo.
Amaneció como siempre, el cielo despejado. Las calles desiertas. Nadie abrió puertas ni ventanas. Nadie salió a barrer el frontis de su casa. La Comisaría quedó vacía ¿A qué hora se marcharon? Unos y otros desaparecieron del pueblo. La Plaza desierta, con las huellas de la noche anterior. Ni una brisa mueve las hojas de las palmeras, en el cielo ni una sola nube que anuncie la lluvia que lave de una vez por todas las lozas de cemento enrojecidas un día antes.
Allí estuvo, colgado entre los pinos, hasta que la última gota de su sangre terminó de mezclarse con las aguas del río. Ni su mujer, ni su madre osaron acercarse. No se supo quién o cómo o dónde fue a dar el cuerpo del policía.
Los habitantes de la villa guardaron silencio hasta hoy que Grimaneza, retorciendo el pañuelo entre sus dedos recordó aquellos tres días de silencio.
Doris Inés Puente Ramírez.