viernes, 4 de junio de 2010

ALLANAMIENTO




Nuestra oficina estaba situada en un edificio del Jirón Carabaya, gracias a mi socia y amiga la compartíamos con un grupo de teatro que usaba el local como sede social. Tenía dos compartimientos, el primer ambiente lo usaba yo. Mi padre había hecho una subdivisión para tener una pequeña salita de recibo. El otro ambiente lo usaba Cata quien eventualmente asistía a atender sus consultas ya que ella administraba una tienda de ropa para mujeres situada en una galería comercial cercana. Al cabo de un tiempo el grupo de teatro se disolvió ya que una de las promotoras viajó a Londres en donde radica hasta la fecha y la otra optó por usar su domicilio como sede social a la vez que como teatrín.

Llevábamos años laborando como abogadas, algunas colegas de nuestra promoción que laboraban en la administración pública solían recibir sus notificaciones en la oficina. Nosotras no teníamos ningún inconveniente, habíamos estudiado juntas durante siete años, lapso en el que además cultivamos una profunda y sincera amistad razón por la cual ninguna duda se interponía entre nosotras.

Vivíamos tiempos de ira, de resentimiento social, de desigualdad. Nunca como entonces era válido el título de una obra de teatro:”La chicha está fermentando”, pues bien el brebaje había madurado y ahora la tinaja que lo contenía había explotado. Todo un movimiento de extremo izquierda hacía temblar de miedo al país. Esta situación nos condicionaba a trabajar solo en las mañanas, y estar a buen recaudo el resto del día en casa con los hijos. Los detenidos eran cada vez más, acusados con o sin razón de terroristas eran conducidos a prisión. Fue entonces que convocaron a abogados voluntarios para agilizar los expedientes sobre terrorismo, que llegaban al Poder Judicial de las zonas en conflicto, en virtud a una Ley expedida por el gobierno de turno, mediante la cual los acusados de terrorismo serían traídos a la capital para ser juzgados ya que no había garantía alguna para los jueces y fiscales de las provincias en las que esta situación era un quehacer diario.

Por razones que prefiero no mencionar fui convocada para trabajar ad honore en la Comisión formada con tal fin. Dos veces por semana asistía al penal, escuchaba los reclamos de los reos, quechua hablantes que ignoraban la razón de su detención, otros que admitían su filiación política y que estaban convencidos que solo mediante la lucha armada se podría hacer sentir su voz de reclamo ya que hicieran lo que hicieran, entiéndase huelgas, paros; nadie los escuchaba. Ideé formatos para tener una información lo más cercana a la realidad de cada caso. Ellos los llenaron contentos y los que no sabían hablar castellano ni escribir los hicieron llenar con sus camaradas. De este modo sabía con que familiar más cercano me podía comunicar en caso de necesidad.

Nosotras seguíamos atendiendo a nuestros clientes con la mayor normalidad, asistidos por una secretaria, estudiante de derecho que deseaba practicar, la que nos fue recomendada ampliamente por un familiar. Roxana, que así se llamaba esta joven, era inteligente y hábil para estos menesteres. Solíamos atender desde las ocho de la mañana hasta las dos de la tarde. Como siempre yo era la primera en llegar, ya que mi esposo trabajaba en el centro e íbamos juntos, el me dejaba en la oficina y continuaba hacia la suya en el pequeño auto que habíamos adquirido. Aquél día, siguiendo la misma rutina llegué a la oficina y me esperaba el portero, don Elías, sumamente alterado. Le han robado doctorita me dijo en tono nervioso, la puerta de su oficina está rota.

Empujé con temor la puerta, ingresé e hice un inventario mental de todos los bienes y enseres, curiosamente no faltaba nada. En el transcurso de la mañana comprobé que sí faltaba algo, se habían llevado el directorio de teléfonos y el de direcciones de los clientes. Como no era nada de valor no hicimos denuncia alguna, hicimos reparar la puerta y asunto terminado.
No pasaron ni quince días y nuevamente nos encontramos con la misma sorpresa, en esta vez Roxana estaba lívida, muy asustada. Nuevamente se habían llevado los nuevos directorios y violentando el archivo al parecer habían chequeado los expedientes, en esta vez si formulamos la denuncia correspondiente. La joven estudiante nos dijo que ya no deseaba seguir en este empleo y desapareció sin dejar rastro. Decidimos poner una reja de seguridad.

Uno de mis clientes era ex miembro de la policía de investigaciones, le comenté lo sucedido y gentilmente se ofreció a acompañarme a la sede institucional ya que desde su punto de vista había sido un allanamiento de la DIRCOTE. Acepté, fuimos a la jefatura y me entrevisté con el jefe máximo, el me escuchó con suma atención e hizo algunas llamadas. Conversamos unos cuantos minutos y al cabo de ellos un subalterno le hizo entrega de un expediente. Muy serio me preguntó quienes eran los titulares de la oficina, cómo habíamos llegado a ella, quiénes trabajábamos allí. Le dí toda la información requerida, el me confirmó que había sido una incursión de la DIRCOTE, más no me dijo la razón. Pensé que era por mi trabajo en el penal, Oscar, mi amigo me dijo que no era esa la razón porque si el gobierno de turno me había asignado esa labor no había nada que temer.

Durante el tiempo que laboré en el penal ayudando a los reos emerretistas para agilizar sus trámites judiciales, uno de ellos al que llamaré Juan, me contó que le habían informado que el gobierno daría un nuevo decreto ley por el que serían conducidos a sus lugares de origen para ser juzgados, y que esta ley solo era una treta para eliminarlos en el aire, ya que serían llevados por esta vía a efecto de evitar enfrentamientos y la posibilidad de ser atacados en los caminos y que los liberaran. Ellos tenían la consigna de que si llegara el momento en que les fuera dada la orden de su traslado, saldrían si pero “con los pies por delante” es decir, muertos.

Era una mañana lluviosa en la iba llegando a la oficina cuando me crucé con una amiga que laboraba en la Conferencia Episcopal, me abrazó llorando y me dijo que los habían masacrado, a quiénes le pregunté y me dijo a tus internos. Me dirigí al Ministerio de Justicia y en efecto, comprobé el hecho, la relación de los muertos coincidía con los nombres de las personas a las que había conocido en el penal.

Vinieron épocas muy duras. Los clientes ya no querían ir al centro de Lima. En el Jirón Lampa se había instalado “La Cachina” abarcando parte de la Calle Apurímac, allí vendían cachivaches robados probablemente a los transeúntes y de las oficinas cercanas, ahuyentando de este modo a los litigantes.
El Gerente de una de las empresas que entonces asesoraba, me propuso mudarme a Miraflores, y ocupar una de las oficinas en su sede social, y que no me ponía ninguna traba para que atendiera a mis clientes particulares, a cambio de ser abogada de la firma. Acepté.

Uno de los tantos días que regresaba de mi nuevo empleo, me encontré de súbito con Roxana, iba a cruzar la avenida Villarán, en la urbanización Los Sauces de Surquillo. Sin pensar en nada le pregunté por su salud y qué hacía por mi barrio, me contestó algo nerviosa He venido a visitar a un amigo que está enfermo. No le presté mayor atención a su respuesta y aduje su nerviosismo al hecho de que la viera embarazada.

A los pocos días el noticiero informó sobre la captura de Abimael en la urbanización en la que vivo y muy cerca de mi casa. Entonces al cabo de mucho tiempo tuve una respuesta.

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